Redacción Sie7eDíasNoticias
XALAPA, Ver. En Xalapa, los muros hablan de Melchor Peredo: está en los pasillos del poder, en edificios donde se toman decisiones públicas, en espacios donde la historia se administra todos los días. Ahí, entre trazos firmes y escenas de identidad colectiva, permanece la obra del muralista que convirtió esos muros en memoria viva de Veracruz.
Su fallecimiento, confirmado en las últimas horas, no borra su presencia; al contrario, la fija. Peredo no fue un artista de galerías efímeras, sino de superficies permanentes. Su obra no se cuelga: se habita.
En el Palacio de Gobierno, en el Palacio de Justicia, en espacios de la Universidad Veracruzana y en edificios emblemáticos de la capital, su trazo quedó ligado al ejercicio del poder como relato. Ahí narró luchas sociales, episodios históricos y la vida cotidiana de un país que encontró en el muralismo una forma de explicarse a sí mismo.
Nacido en la Ciudad de México en 1927, Melchor Peredo se formó en la tradición del muralismo mexicano, bajo la influencia de figuras como David Alfaro Siqueiros. Desde sus primeros trabajos, su obra estuvo marcada por el realismo social y por una vocación clara: llevar el arte a lo público, hacerlo parte del entorno y no un privilegio de unos cuantos.
Pero fue en Veracruz donde su trabajo echó raíz. Xalapa, en particular, se convirtió en su territorio visual. Sus murales no solo decoran: construyen identidad.
En ese registro más íntimo, menos institucional, aparece la mirada del fotógrafo Luis Ayala. En el libro Los Ilustres Xalapeños, Ayala logró lo que pocos: detener al artista fuera del muro. Ahí, Melchor Peredo no es solo el autor de grandes composiciones, sino un hombre que reflexiona sobre su obra, su tiempo y su oficio.
La lente de Ayala no solo documenta: interpreta. En sus imágenes, el muralista aparece en diálogo con su propio trabajo, como si cada trazo fuera también una extensión de su pensamiento. Esa mirada aporta una dimensión distinta: la del artista que, más allá del encargo público, construyó una trayectoria coherente con su tiempo.

Peredo formó parte de una generación que sostuvo el muralismo cuando ya no era política cultural dominante, pero sí una tradición que resistía. Fue, en ese sentido, un puente: entre los grandes maestros del siglo XX y las expresiones contemporáneas que heredaron esa narrativa visual.
Hoy, tras su muerte, su legado no necesita reinterpretarse. Está ahí, a la vista de todos. En edificios por donde transitan funcionarios, estudiantes, ciudadanos. En muros que no solo contienen pintura, sino historia.
Xalapa no pierde a un muralista. Conserva a uno de los suyos en cada pared donde decidió contar el país.

