Redacción Sie7eDíasNoticias
COXQUIHUI, Ver. “Que Dios bendiga a Coxquihui.” La frase, pronunciada por el alcalde Pablo Gómez al anunciar la cancelación de las celebraciones patrias, no fue una mera despedida religiosa: sonó más bien como un acto de rendición institucional ante una violencia que rebasa la capacidad del gobierno local.
La expresión, plasmada en un mensaje difundido el 8 de septiembre, deja entrever el vacío de poder que se vive en este municipio del norte veracruzano, golpeado históricamente por el abandono estatal, la precariedad y, en los últimos años, por la creciente presencia del crimen organizado.
El mensaje se emitió horas antes de que la Fiscalía General del Estado confirmara que investiga los hechos violentos ocurridos en la localidad de Sabaneta —perteneciente a Coxquihui— donde se reportó el secuestro de Ramón Valencia, ex candidato de Morena, conocido como “El Napito”.
Según versiones locales, Valencia viajaba escoltado cuando fue interceptado por un grupo armado a la altura del puente de Sabaneta. Sus guardias intentaron repeler el ataque, lo que derivó en un intercambio de disparos. Aun así, los atacantes lograron llevarse al excandidato y a otras personas que lo acompañaban.
A raíz de estos hechos, el alcalde convocó a una reunión extraordinaria con la síndica, la regidora, el director de Seguridad Pública, la secretaria del Ayuntamiento y directores de escuelas de la cabecera municipal. El acuerdo fue unánime: cancelar el Grito de Independencia del 15 de septiembre y el desfile del 16.
“Motivos creo que hay de sobra. Su servidor trata de velar por la integridad de los ciudadanos y alumnos. Críticas vendrán, pero se prefiere eso a un hecho lamentable”, escribió el edil, como justificante a la decisión que deja a Coxquihui sin símbolos patrios ni espacio público para conmemorar la independencia nacional.
Silencio estatal, incertidumbre local
Hasta ahora, no ha habido un posicionamiento oficial del Gobierno del Estado ni de la Secretaría de Seguridad Pública. Solo la Fiscalía emitió un escueto parte informativo vía redes sociales, donde confirmó que ministeriales, en coordinación con fuerzas federales y policías estatales, realizan diligencias para esclarecer lo ocurrido.
Mientras tanto, el pueblo permanece en vilo. Las calles de la cabecera lucen tranquilas, pero cargadas de tensión. El miedo se respira. El ayuntamiento parece haber entregado la narrativa a la resignación y la fe: “Bendiciones a todos y que Dios bendiga a Coxquihui”, dijo el alcalde. No hubo promesas, ni planes de seguridad, ni exigencias al Estado. Sólo la súplica.
En un municipio que alguna vez fue bastión político de grupos de izquierda y después escenario de disputas entre cárteles, hoy las autoridades locales optan por retirarse antes que confrontar. No hay liderazgo visible. Hay miedo. Y hay ausencia.
La cancelación de las fiestas patrias, lejos de ser una anécdota, se convierte en un símbolo: en Coxquihui no hay desfile, no hay grito… ni autoridad que grite.

