“Nada es para siempre”: la advertencia de Yunes que hoy resuena en el Poder Judicial

El calendario político avanza y en los pasillos del Tribunal Superior de Justicia de Veracruz el ambiente huele más a nervios que a justicia.

La fecha que muchos fingen ignorar, pero todos temen, es el 1 de junio de 2025. Ese día se eligen nuevas magistradas y magistrados. Pero lo que realmente está en juego no son las sillas, sino el control del Poder Judicial en el estado.

Lisbeth Aurelia Jiménez Aguirre, presidenta del TSJ y candidata a magistrada del nuevo modelo judicial “democrático”, no solo busca mantenerse en la jugada: quiere seguir mandando. Pero hay un detalle que la tiene incómoda. Incluso ganando la elección, si no resulta la más votada, no repetiría como presidenta. Y entonces… se le cae el tinglado.

Porque no se trata solo de ella. Se trata de todo un aparato de lealtades, favores y operadores, empezando por su secretario particular, David Cardeña Ortega, ese que según denuncias públicas baja líneas a jueces, asigna expedientes, coloca incondicionales y teje redes que no aparecen en organigramas, pero sí en decisiones.

La pregunta no es si quieren quedarse. La pregunta es: ¿hasta dónde están dispuestos a moverse para no perderlo todo?

Del otro lado del ring, los Yunes. Y como siempre: uno golpea, el otro calcula.

Miguel Ángel Yunes Linares, exgobernador de Veracruz y hoy senador suplente, no necesita cargo para mover el tablero. Desde hace meses lo hace con precisión quirúrgica: denuncias, declaraciones incendiarias, promesas de ajuste de cuentas y nombres propios. El 29 de julio de 2024 lo dijo sin rodeos:

“Aunque sea lo último que haga en la vida, se los voy a cobrar a todas y a todos los agresores.”

Ese día, en una conferencia que fue más un pliego de guerra que un acto de prensa, señaló directamente a la presidenta del Tribunal Lisbeth Jiménez y a su operador de cabecera David Cardeña Ortega, entre varios otros, como parte de una maquinaria de persecución política orquestada para frenar a su familia. Dijo tener los nombres de jueces, fiscales y policías ministeriales que integran el grupo, y advirtió que “pasará facturas”.

Pero mientras Yunes padre habla con la lengua afilada del veterano, Miguel Ángel Yunes Márquez, el hijo, juega en otra cancha.

Desde el Senado preside la Comisión de Hacienda y participa en cinco más, incluidas Justicia, Seguridad Pública y Energía. Hace política en silencio, pero con eco nacional.

Lo reciben secretarios de Estado como Omar García Harfuch. Desde su escaño, Yunes Márquez observa la partida con la ventaja del tiempo: sabe que el juego no termina el 1 de junio, pero puede cambiar desde ahí. Mientras su padre dispara misiles verbales desde Veracruz.

Y no están desconectados. Mientras uno acusa, el otro construye. Los Yunes operan desde lo visible y lo invisible, y en este momento, lo importante no es tanto quién grita más fuerte, sino quién logra meter más piezas en la elección de magistrados del 1 de junio.

Porque es ahí donde se juega la joya de la corona: el Poder Judicial veracruzano.

Y si los respaldados por los Yunes entran, la correlación de fuerzas se les cae como torre mal cimentada. Basta con que Lisbeth no sea la más votada para que se tambalee su presidencia, y con ella, el entramado que le ha dado cobertura política y judicial a personajes que hoy se sienten blindados.

El 29 de julio, Yunes Linares lo dijo claro:

“Nada es para siempre, tampoco el poder.”

Y lo dijo pensando en más de uno. Ahí te hablan, Lisbeth. Ahí te hablan, Cardeña.

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