Por Fanny Yépez
Es de risa esta parodia, este remedo de democracia. No hay moral, ni dignidad, ni decoro; mucho menos vergüenza.
Después de haber sido menospreciados, vilipendiados, denigrados y agraviados, los diputados federales de Movimiento Ciudadano hicieron a un lado la poca dignidad que les quedaba: se entregaron por completo a la bancada de Morena y aprobaron, en lo general y en lo particular, el llamado “Plan B” de la reforma electoral, propuesto por la presidenta Claudia Sheinbaum. Una aprobación que solo fue posible gracias a una alianza inesperada: MC sumó sus votos a los de Morena y sus aliados (PT y PVEM).
Vaya decepción para quienes creyeron que MC sería una luz de esperanza. Fue todo lo contrario: un desencanto mayúsculo para simpatizantes y militantes del partido naranja. Traicionaron a sus seguidores y se prostituyeron políticamente; uno supone que no fue gratis.
Los legisladores naranjas tragaron sapos —y sin hacer gestos— e iniciaron una luna de miel con sus pares morenos. ¿Cuánto durará este romance inaudito? Imposible saberlo. Todo parece indicar que dependerá de lo que cada parte esté dispuesta a poner sobre la mesa.
En los hechos, los diputados de MC votaron a favor del Plan B en lo general, bajo el argumento de respaldar la reducción de gastos y privilegios en los órganos electorales. Aunque calificaron la reforma como limitada, optaron por una postura de “no obstrucción”, intentando colocarse en un punto intermedio frente a la polarización entre Morena y la alianza opositora.
El partido sostuvo que, pese a sus deficiencias, la reforma contribuiría a disminuir el derroche de recursos públicos en el sistema electoral. Bajo esa lógica, la bancada naranja afirmó que no sería un obstáculo para cambios que consideran necesarios en materia de austeridad.
Sin embargo, en lo particular —es decir, en la votación de los detalles del dictamen—, MC se sumó al rechazo junto con el PAN y el PRI, marcando una línea ambigua que no terminó de convencer a nadie.
La sesión maratónica que concluyó el 9 de abril de 2026 dejó en evidencia esa dualidad: los diputados de Movimiento Ciudadano votaron de manera diferenciada, bajo su propia agenda, lo que desató fuertes descalificaciones en tribuna.
En este contexto, la figura de Dante Delgado, dirigente nacional de MC, se colocó en el centro del debate. Para la oposición, su postura fue determinante en el sentido del voto de la bancada naranja.
Hasta la tarde de ese mismo 9 de abril, al menos 17 congresos estatales ya habían aprobado el “Plan B” de la reforma electoral, alcanzando así la mayoría simple requerida (17 de 32) para su incorporación a la Constitución y su posterior envío al Ejecutivo para promulgación.
Previo a la votación, el cordobés Dante Delgado planteó condiciones para acompañar la reforma, entre ellas la reducción de la edad para votar a 16 años y la implementación del voto universal.
No obstante, también criticó la falta de consensos para una reforma de tal magnitud, señalando que no se escuchó a todas las fuerzas políticas ni a especialistas. Calificó el proceso como regresivo e incluso como una “traición a la patria” por la incertidumbre jurídica que, a su juicio, genera.
Las acusaciones no se hicieron esperar. Desde la tribuna de San Lázaro, legisladores del PRI y del PAN lo señalaron como el “arquitecto” de un pacto con Morena. El diputado priista Carlos Gutiérrez Mancilla fue más allá y habló abiertamente de un “amasiato” entre MC y el partido en el poder.
Movimiento Ciudadano, partido de centroizquierda fundado en 1999 como Convergencia por la Democracia por Dante Delgado Rannauro, ha buscado posicionarse como una tercera vía en la política nacional. Desde su transformación en 2011, ha consolidado bastiones importantes en Jalisco y Nuevo León, bajo una narrativa de socialdemocracia renovada.
Sin embargo, decisiones como la tomada en torno al Plan B abren una pregunta inevitable rumbo a 2027:
¿hasta dónde llega la congruencia cuando el cálculo político entra en escena?

La Columna, escrita por Fanny Yépez Luna, es un espacio de opinión con mirada aguda y conciencia social. Desde un enfoque directo y ético, desmenuza la agenda pública con atención especial a la desigualdad, el abuso de poder y las fracturas institucionales. Su voz es firme, crítica y comprometida con los derechos humanos, siempre del lado de quienes suelen ser ignorados en el discurso oficial.

