CRÓNICA | Cuando el gobierno aún no llegaba, Poza Rica se amarraba a una cuerda

Texto e imágenes: Anxem Carmona

POZA RICA, Ver. Las sirenas nunca se escucharon. Tampoco los altavoces. Menos aún una voz oficial que avisara lo que venía.

Cuando el agua comenzó a subir, la ciudad hizo lo único que ha sabido hacer en las tragedias: mirarse entre sí, organizarse, sostenerse.

Una cuerda anudada entre árboles marcó la diferencia entre el arrastre y el rescate. Entre la vida y el miedo absoluto.

No fue colocada por Protección Civil. Ni por la Marina. Ni por los cuerpos de auxilio. La amarraron vecinos.

Fueron ellos quienes se metieron al agua, uno tras otro, tanteando con los pies lo que ya no podían ver. A su lado flotaban sillas, colchones, bolsas, refrigeradores.

La imagen de cuatro hombres cruzando con una cuerda, apenas con la cabeza fuera del agua, resume el estado de Poza Rica.

Una ciudad donde la inundación no solo cubrió calles, sino certezas. Porque si algo se esperaba —aunque fuera poco— era que el gobierno llegara. Esta vez no lo hizo a tiempo.

El Chedraui de la zona centro parecía una isla en un océano de lodo. A su alrededor, el silencio.

Frente a él, una lancha blanca con letras azules que decían “Policía Estatal” estaba amarrada a un poste. Un solo rescatista la empujaba. Solo.

Un “vocho” rojo, estacionado frente a una farmacia, parecía incrustado en la entrada. Alrededor flotaban botes de basura y desechos arrastrados por la corriente.

Del otro lado de la ciudad, dos hombres parados frente a una tienda hablaban en voz baja. Uno con short rojo. Otro con camiseta oscura.

—“Pues aquí estamos, ¿quién más va a venir?” —dijo uno.

Nadie llevaba uniforme. Ni insignias. Pero sabían exactamente qué hacer.

Rescataron adultos mayores. Subieron niños a techos. Avisaron en redes. Hicieron rondines en la madrugada.

Las autoridades llegaron tarde. Con promesas. Con comunicados.

El secretario de Gobierno habló desde el Palacio. La gobernadora viajaba al norte. Pero los verdaderos rescatistas ya estaban ahí. Desde antes.

Habían salido en chancletas. Con sogas, palas, garrafones. Con los brazos.

Hoy Poza Rica sigue bajo el agua. Pero el corazón de su gente no se ha sumergido.

Flota. Sostiene. Hala. Empuja.

Como esa cuerda entre árboles. Que alguien ató sin pedir permiso.

Porque sabía que, si no era ahora, no sería nunca.

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