Rocío Nahle gobierna Veracruz desde el discurso del orden, la eficiencia y el control. Sin embargo, su administración empieza a parecer una casa con fachada pulida y cimientos de plastilina: frágil, improvisada y peligrosamente dependiente de colaboradores que no están a la altura del reto.
La evidencia se acumula. Casos aislados, dirán los leales. Pero ya son demasiadas las escenas en las que la realidad atropella al protocolo, el caos supera a la agenda y la Gobernadora termina enfrentando las consecuencias de errores que no son suyos… pero sí de su equipo más cercano.
Primero fue el retraso imperdonable en la entrega del Plan Veracruzano de Desarrollo, ese documento que debía trazar la ruta de este sexenio y que, entre retrasos y opacidad, terminó aprobándose hasta finales de mayo. ¿Y quién estaba al frente de esa responsabilidad? Irma Dávila, titular de la Oficina de Programa de Gobierno (OFIGOB), funcionaria sin experiencia previa en cargos de toma de decisiones y, sin embargo, encargada de articular la política pública más relevante del arranque gubernamental. ¿Resultado? Un plan tarde, pálido y sin músculo.
Después vino el papelón logístico en la sierra de Zongolica: la Gobernadora fue llevada, por error, a un hospital que no estaba en su itinerario.
El plan era visitar Tlaquilpa, donde el delegado del IMSS-Bienestar Roberto Ramos Alor presumía 92% de abasto. Pero el destino (o la desorganización) la condujo al IMSS de Zongolica, donde encontró un desabasto brutal: de 195 medicamentos, solo había entre 40 y 45.
La pifia logística fue tan grave como el daño reputacional: quedó exhibida la brecha entre los informes maquillados y la miseria del sistema de salud rural.
Y esta semana, de nuevo, el descontrol. En un evento en Minatitlán, una madre desesperada interrumpió el acto oficial, se arrojó al piso frente a la Gobernadora y, entre lágrimas, exigió justicia por la presunta violación de su hija. No era la primera vez que le suplicaba ayuda a Rocío Nahle. Tampoco era la primera vez que se iba con las manos vacías.
¿Dónde estaba el protocolo? ¿Dónde los enlaces institucionales que debieron atender el caso antes de que el dolor explotara en público?
La constante en estos episodios no es la Gobernadora. Es el desorden operativo, la ausencia de oficio, la torpeza política y el desdén por las formas.
Es la incapacidad de quienes organizan, asesoran, planean, deciden y fallan. Es esa estructura blanda que rodea a Rocío Nahle y que, en lugar de blindarla, la expone una y otra vez a los errores ajenos.
Gobernadora, no es usted. Son los suyos.
Y entre esos suyos, hay nombres que ya no pueden escudarse en la curva de aprendizaje.
Irma Dávila, por ejemplo, ya dejó de ser debutante. Hoy es sinónimo de desorden, retraso y superficialidad institucional.
Si la mandataria no depura su círculo cercano —si no exige eficacia, preparación y carácter—, los tropiezos seguirán creciendo. No por falta de liderazgo, sino por exceso de confianza en un equipo que confunde la lealtad con la mediocridad.
Y ese error, ese sí, ya sería suyo.

