Debe haber sido una noche larga. De esas que no se duermen fácil. Apagar la luz del despacho, cerrar la puerta por última vez y sentir cómo se termina el juego. Así debió vivir el viernes Lisbeth Aurelia Jiménez Aguirre, quien en unas horas dejará la presidencia del Tribunal Superior de Justicia del Estado.
La transición no será tersa. No por conflictos institucionales, sino por lo que deja tras de sí: una estela de imposiciones, abusos de poder y pactos oscuros disfrazados de liderazgo. Se va sin respaldo, sin legitimidad, y con el eco incómodo de los pasillos que ya respiran otro aire.
Durante dos años se creyó dueña del Poder Judicial. Lo usó como trampolín, como arma y como escudo. La ley fue selectiva, los principios moldeables. Se impulsaron campañas internas con recursos públicos, se disfrazaron venganzas de procedimientos administrativos, se predicó sororidad mientras se despedía a mujeres incómodas. El discurso feminista fue bandera… pero solo para la foto.
En la víspera de irse, todavía ejecutó su último manotazo: movimientos exprés, despidos, nombramientos con sello de lealtad ciega. Todo para dejar sembrado un aparato que le respondiera incluso sin estar sentada en la presidencia. Pero el reloj le ganó. Y el poder, como bien lo saben los que alguna vez lo tuvieron todo, no se hereda por decreto.
Este domingo termina el ciclo. Y el lunes inicia otro: Rosalba Hernández Hernández, la magistrada más votada, tomará posesión con el respaldo institucional que a Lisbeth siempre le faltó. No necesitó línea, ni presiones, ni pasarelas: solo votos. Y eso basta.
Ahora bien, Lisbeth seguirá siendo magistrada… al menos por ahora. Tal vez la acomoden en otro cargo, porque el sistema suele reciclar a quienes saben moverse en las sombras. Pero el descalabro está ahí, impreso en la frente. Y ese no podrá quitárselo jamás. Perdió el control, perdió la narrativa, y lo más importante: perdió el miedo que solía imponer.
Su tiempo ya pasó.
Y eso, aunque duela, es irreversible.
La foto que se despidió sola
Hay imágenes que se toman para presumir poder, pero con el tiempo se convierten en prueba de lo contrario. En esta, Lisbeth Aurelia Jiménez Aguirre sonríe y levanta la mano desde su despacho, celebrando la salida de Joana Marlen Bautista, su entonces directora de Administración. Aquello no fue un gesto de autoridad, sino de revanchismo. Una maniobra disfrazada de institucionalidad, cuando en realidad era ajuste de cuentas.
¿Sororidad? Solo para el discurso. Porque lo cierto es que la magistrada jamás toleró mujeres que no se alinearan con su lógica de poder. Quienes pensaban, decidían o cuestionaban, eran marginadas. Como Joana. Como otras tantas.
Pero lo más simbólico de esa escena es el reflejo: la Lisbeth duplicada en el cristal, como si se estuviera diciendo adiós a sí misma. Un presagio involuntario. Una ironía congelada en imagen. Hoy, la que se va no es Joana. Es ella. Y no lo hace sonriendo, sino cargando el peso de una derrota que se huele, se ve y no se borra.
Porque el poder se esfuma. Las fotos quedan.

