En política, hay silencios que dicen más que un mitin entero. El de Américo Zúñiga Martínez retumba aún entre los muros del priismo xalapeño como una reverberación incómoda: no por lo que dijo, sino por lo que eligió no hacer.

Exalcalde de Xalapa, exdirigente estatal del PRI, rostro mediático de la “renovación” tricolor en sus mejores años. Hoy, apenas una sombra que se desplaza con calculada ambigüedad entre la indiferencia y la conveniencia.

En reuniones recientes entre priistas de cepa, se ventilaron con más fuerza las sospechas que ya se arrastraban desde el arranque del proceso electoral: Zúñiga no solo se desentendió del proyecto partidista, sino que habría operado, con sigilo quirúrgico, a favor de Daniela Griego, hoy alcaldesa electa de Xalapa por Morena.

El pecado, sin embargo, no fue apoyar a la adversaria, sino abandonar deliberadamente a sus propios compañeros de causa, entre ellos Silvio Lagos, su supuesto amigo, al que simplemente dejó en la intemperie electoral.

¿La razón? Más que ideológica, parece haber sido personal. Una regiduría y la negativa de Silvio fue el detonante del desplante.

Y no paró ahí. También le retiró el saludo político a Román Moreno, su excompañero de fórmula a la diputación federal en 2024, quien ahora contendió por Movimiento Ciudadano. Aquel respaldo simbólico y financiero que alguna vez existió, se diluyó en la indiferencia, tal vez porque los reflectores ya no apuntaban a donde Américo quisiera estar.

Lo más preocupante no es la traición —habitual en las avenidas de la política veracruzana—, sino la impunidad moral con la que se ejecuta. Zúñiga nunca lo admitirá. Tampoco lo negará. Su silencio, tan estudiado como oportunista, se acomoda en esa zona gris donde la política se vuelve cálculo, y el cálculo, desprecio.

Hoy, el PRI de Xalapa está herido. No solo por la derrota electoral, sino por el abandono de sus figuras clave. Y entre ellas, el silencio de Américo pesa más que mil discursos de sus detractores.

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