CRÓNICA | Aquí no llegó ni el Plan DNIII, ni Marina, ni Tajín; vecinos resisten entre el lodo

Texto e imágenes Anxem Carmona

POZA RICA, Ver. Al día siguiente del desastre, las calles de la zona norte no huelen a estrategia gubernamental, sino a lodo, a cloro, a ropa mojada y a dignidad. Mientras el gobierno presume la activación de sus planes de emergencia, en colonias como la Manuel Ávila Camacho, la Ruiz Cortines y sus alrededores, la ayuda real no llegó con uniformes, sino con cubetas, escobas y manos cansadas.

Las familias salieron solas. No hubo Plan DNIII-E, ni Plan Marina, ni Plan Tajín visible. La emergencia fue vivida y resistida entre vecinos que arrastran muebles cubiertos de fango, reparten lo poco que hay y tratan de poner en orden lo que quedó después del caos.

Una camioneta blanca, sin logotipos oficiales ni escoltas, se convirtió en punto de reparto improvisado. Desde ahí, una mujer con casco rosa y un hombre en camiseta blanca entregan botellas de agua. Lo hacen sin discurso, sin reflectores, sin selfies. Solo reparten.

Frente a ellos, una mujer de camiseta floreada, una madre con bolsas mojadas, un adulto mayor que espera con los pies encharcados. En esta calle no hay helicópteros ni cadenas humanas de rescate; hay lodo y necesidad.

Pocos metros más adelante, el suelo aún refleja el cielo, pero no porque esté limpio, sino porque sigue lleno de agua. Hombres con el pantalón arremangado pisan la mezcla espesa de barro y aguas negras. Algunos están descalzos. Hay quien no se ha cambiado de ropa desde que comenzó la tormenta.

En una casa de fachada verde menta, un hombre arrastra hacia la banqueta lo que solía ser su hogar: un colchón desecho, muebles destrozados, estufas inservibles, ventiladores oxidados. Lo observa todo con un celular en la mano, quizás para pedir ayuda, quizás para registrar lo perdido. A su lado, los objetos se apilan como escombros de una tragedia íntima.

Más adelante, una mujer mayor se sostiene apenas. Camina con ayuda de dos hombres entre las aguas residuales. Cada paso es un esfuerzo. Cada apoyo, un acto de resistencia. El paisaje de fondo muestra casas inundadas, postes torcidos, basura arrastrada y comercios cerrados.

Hay también un joven sentado en la banqueta, bajo el sol. Está junto a un cartel de una radio cristiana que promete fe y compañía. Él, en cambio, solo parece tener cansancio. La mirada fija en el suelo, los codos sobre las rodillas, la tristeza suspendida en el rostro. Es la imagen de quienes no saben por dónde empezar.

Otra mujer, llena de lodo hasta las cejas, carga dos cubetas vacías sobre un puente. Sus piernas manchadas, su ropa pesada, sus gafas empañadas. Pero camina, firme. Parece salida de una película apocalíptica, si no fuera porque esto es real y ocurrió en Poza Rica, sin efectos especiales.

En una esquina, alguien barre. Barre lodo como si con eso pudiera limpiar también el olvido. Junto a ella, una bandera de México colgada en un poste luce sucia, húmeda, arrugada. No ondea. Solo cuelga. A su lado, trastes cubiertos de mugre, utensilios oxidados, restos de una cocina que ahora es solo escenografía de desastre.

La última imagen de esta jornada la ofrece una calle larga, anegada, con autos que el viernes 10 de octubre flotaban. Tres personas caminan por el centro: una mujer toma la mano de otra; un hombre barre el lodazal mientras las ve avanzar con paso lento, como si el agua pesara más que la gravedad.

El gobierno estatal ha asegurado que los planes de emergencia están activados y que el apoyo está llegando. En redes sociales, funcionarios publican imágenes de helicópteros, despensas y militares. Pero aquí, en las calles de Poza Rica donde el agua ya bajó, solo quedó el barro… y la ausencia.

Quienes se salvaron del agua, ahora luchan contra lo que dejó: enfermedades, hambre, frustración, pérdidas. Y lo hacen como siempre: sin esperar nada. Porque han aprendido que esperar puede ser peor que el agua. Aquí, entre cubetas y escobas, no hay Estado. Hay pueblo. Y eso, al menos por ahora, es lo único que sostiene de pie a Poza Rica.

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