Redacción Sie7eDíasNoticias
XALAPA, Ver. Jessica Flor Luna Aguilera tenía 35 años, una licenciatura en Derecho, formación sólida en áreas como el derecho penal agrario y el administrativo, y un compromiso firme con las causas sociales.
Su aspiración a gobernar el municipio de Yanga no surgía de la ambición personal, sino del deseo profundo de transformar la realidad de su comunidad.
El lunes 6 de octubre fue asesinada, truncando un proyecto político que ponía al centro a las mujeres, a los pobres y a los olvidados.
Se presentaba con sencillez: mujer, afrodescendiente, madre, profesionista. Pero detrás de esa imagen había una historia tejida con esfuerzo, estudio y empatía.
Se formó en Derecho primero en la Universidad Veracruzana y concluyó en la Universidad Gerardo Méndez, de Córdoba, con un promedio de 9.1 y título obtenido mediante CENEVAL. Su práctica legal estuvo enfocada en ayudar a quienes menos tienen: ofrecía asesorías gratuitas y llevaba juicios sin cobrar honorarios a personas de escasos recursos.
“Siempre he creído que el poder se ejerce con humildad”
Ese era uno de sus principios rectores. Desde joven participó en espacios comunitarios: fue Reina del Carnaval de Yanga en 2009 y desde entonces mantuvo un vínculo constante con su municipio.
Su voz era conocida por aparecer en causas justas, desde manifestaciones pacíficas hasta iniciativas ecológicas.
Cuando se registró como candidata del Partido del Trabajo en el pasado proceso electoral, dejó clara su intención de gobernar con honestidad, con amor por Yanga y con un enfoque humano.
Una de sus propuestas más emblemáticas era impulsar la creación de una universidad afrodescendiente, convencida de que la educación podía romper círculos de pobreza y exclusión en la región.
También soñaba con transformar el rostro de las colonias, resolver la crisis de servicios básicos, y embellecer los espacios públicos. Pero su prioridad más clara era la atención a las mujeres. Había diseñado un programa de asesorías legales y psicológicas para mujeres violentadas, con apoyo institucional y medidas de seguridad.
Además, planteaba la creación de empleos para madres solteras, a través de créditos y estanterías en parques donde pudieran vender sus productos.
Una voz que incomodaba
Jessica Luna encarnaba una agenda que, para algunos, podía resultar incómoda: ponía el foco en los derechos de las mujeres, en la equidad social, en la representación afrodescendiente, en la justicia para los marginados. Su asesinato dejó helada a una comunidad que apenas comenzaba a escucharla.
Apenas habían pasado unos meses desde que concluyó el proceso electoral en el que participó. Su nombre ya no estaba en las boletas, pero su voz seguía activa. Creía que el camino de transformación no termina con una elección.
Su historia, sin embargo, fue truncada de forma violenta, convirtiéndola en símbolo de los riesgos que enfrentan las mujeres en la vida pública, sobre todo aquellas que deciden alzar la voz.
Hoy, Yanga no solo perdió a una ex candidata. Perdió una visión, una esperanza, una posibilidad. Y a una mujer que se atrevió a decir que sí.

