Redacción Sie7eDíasNoticias
Xico, Veracruz. No hay pinceles, pero sí manos firmes. No hay tela, pero sí calle. No hay galería, pero sí devoción. En Xico, cada julio, el arte popular se tiende al suelo y se rinde a la fe: la alfombra de aserrín cobra vida.
Es sábado al mediodía. El sol apenas se asoma entre nubes gruesas, pero no amenaza. Las calles empedradas del centro histórico son, por unas horas, el lienzo compartido de cientos de manos que no pintan por encargo, sino por amor a Santa María Magdalena. Lo que empieza como polvo de colores en costales, se convierte en flores, filigranas, letras, imágenes religiosas y símbolos que mezclan el catolicismo con lo indígena, lo ritual con lo festivo.
Sobre la avenida Hidalgo, el olor del aserrín recién teñido se mezcla con los gritos de niños, las instrucciones de los mayores y el clic persistente de cámaras. Un niño camina entre moldes de madera que recrean vírgenes y cruces. Un abuelo mide con hilo y clavos la distancia entre un diseño y otro. Una madre lanza la instrucción más repetida del día: “¡No la vayas a pisar!”.
La alfombra de Xico no se mira, se vive. No es una exhibición estática; es una ceremonia en movimiento. Cada pétalo hecho de aserrín es fruto de una historia: familias enteras trabajando juntas, generaciones que heredan formas, colores, técnicas y silencios. Un acto de comunidad.
“Es como rezar con las manos”, dice una mujer de voz pausada, mientras acomoda violetas sobre un fondo rojo intenso que representa uvas: símbolo de la santa, del vino, del sacrificio. Cerca de ahí, otra sección reproduce una imagen barroca de Santa María Magdalena, hecha con moldes de madera y pigmento natural. La precisión sorprende. El respeto también.
Mientras unos terminan y se alejan discretamente, otros llegan a contemplar lo ya logrado. Hay quien toma fotos. Esta alfombra no solo es visual: es emocional, espiritual, colectiva. Una promesa multicolor extendida como ofrenda.
Por la noche, cuando la procesión pase, serán los pies los que borren lentamente el trabajo del día. Pero nadie se quejará. Así es la tradición: efímera, intensa, compartida. Como la vida.
Y mañana, quedará solo el recuerdo. Y el polvo de colores que el viento habrá barrido a algún rincón del alma.

